Ser sensible es mi Superpoder

Ser sensible es mi Superpoder

Siempre fui un ser sensible. Mi mamá siempre me contaba que desde antes de nacer percibía demasiado lo que pasaba afuera, y reaccionaba a ello desde la panza.

Al crecer mis sensibilidades se fueron desarrollando, comencé a notar que tenía la intuición muy agudizada, y que eso me servía al momento de tomar decisiones, no sabía por qué pero algo me hacía sentir que *si* o que *no*, y generalmente tenía razón al respecto. Mi sensibilidad también se veía reflejada en otras cosas, podía sentir dolor físico al ver animales sufrir o me invadía la angustia al ver otra gente llorar.

Con el paso de los años y como un ser inserto en la sociedad aprendí a manejar lo que sentía. La cultura nos enseña que si podemos usar nuestra intuición a nuestro favor, si podemos comprender el gran aspecto de las cosas, “el todo”, tenemos una ventaja, somos especiales, nos va a ir mejor que a la mayoría porque estamos un paso adelante de aquellos que no tienen su intuición desarrollada. Pero en cambio,  si somos sensibles ante el dolor ajeno, si nos enternece un animal cuidando de otro o nos hace mal uno abandonado, si realmente nos invade el amor por la vida, el mensaje es que entonces somos débiles, perdedores, seres dignos del bullying. A los cuales podemos minimizar y de quienes nos podemos burlar, porque el sensible nunca va a ser duro, nunca va a elegir la violencia, ni la confrontación. Si sos sensible te van a pasar por arriba.

Estas dos caras de mi misma moneda dieron forma a mis inter-relaciones, aprendí a esconder el lado sensible, a reírme de él, a no tomármelo en serio y cada vez que hablando me decían “..y si, vos siempre fuiste muy sensible” yo lo tomaba como un defecto, admitía que era cierto pero como si fuera mi mayor debilidad. También aprendí a explotar mi lado intuitivo, el que me iba a llevar lejos, a sentirme orgullosa de él, y a jactarme de éste como una habilidad. 

Al rededor de mis 21’s quería inspirar a la gente, quería ayudar a que hicieran realmente lo que amaban (más allá del cliché actual de ésta frase y del sinfin de posters en la calle diciendo “el mundo necesita gente que ame lo que hace”), quería que su vida no fuera en vano, y que no se dejaran aplastar por la cultura de los tiburones, sentía que la mayoría de la gente postergaba las cosas que realmente les gustaban por dictámenes familiares, por salidas rápidas laborales o simplemente por no poder o no animarse; porque alguien les dijo “muy linda tu pasión pero con esto te vas a morir de hambre”. Hasta el día de hoy siento que esto pasa y probablemente sea algo de lo que escribiré en el futuro pero en ese momento simplemente no pude. Por más ganas que tuviera, esboce unos borradores, compartí ciertas notas con una amiga y a pesar de que su devolución había sido muy buena, me avergoncé. Casi que no podía hacerme cargo de querer ser esa persona que escribía o ilustraba para inspirar a los demás. “Esto va a ser un chiste” me dije, “..a nadie le va a interesar..” y entre una cosa y otra lo sepulté.

La realidad es que hasta entonces tenía ideas nobles pero no había vivido demasiado, y quizás me hubiera quedado corta de contenidos o de experiencias reales muy rápido, pero de todas formas esos proyectos nunca vieron la luz ya que mi construcción cultural fue la que tuvo la voz más fuerte.

Eventualmente me fuí a vivir a la ciudad buscando algo más, gente que tuviera intereses similares y donde pudiera desarrollarme mejor, aprender y avanzar en mi profesión. Las ciudades y el ritmo de vida laboral te endurecen, te hacen competir, tratar de llegar más lejos, estar a la defensiva, obsesionarte con ser el mejor, ganar plata mucha plata, ganar más que tus compañeros, encontrar ventajas. Todavía veo personas competir por si en su oficina hay yerba mate bonificada o no, porque es una vorágine, que enreda a todos, hasta los que no consumen yerba. 
En las ciudades no hay lugar para los débiles, aprendes a tener menos empatía, a mirar para otro lado, a que si no te afecta no hace falta prestarle atención, a ocuparte de vos y nada más, porque involucrarte es debilitarte. Y yo aprendí a que nada me importe, tenía la intuición de mi lado y sabía qué trabajo agarrar y cuál no. Cuándo pedir más y cuándo no, cuándo irme y cuándo bancármela. Podía vivir, podía viajar, podía chequear cosas en listas.

Y entre un proyecto y otro, un contacto y otro, un trabajo tóxico y otro me fui enredando, y mi sensibilidad se fue perdiendo.

Mi creatividad se vió directamente afectada por esta des-sensibilización y por el desgaste emocional que fui atravesando porque por más que en ese momento no lo viera, impermeabilizarte es negarte a vos mismo. Dar vuelta la cara es ignorarte, selectivizar la intuición es no ser del todo quien realmente sos, y trabajando en un área altamente creativa, mi performance e ideas también dejaron de ser yo; y cuando ya nada te importa mucho menos te importa lo que hacés ni el por qué. Me encontré sin razones para hacer bien mi trabajo, total, en tecnología lo que hoy está de moda mañana no, y al fin y al cabo todo era efímero y contribuía a personas que solo tenían los mejores intereses para ellos mismos.

Me di cuenta que estaba cambiando horas de vida por cosas que no quería, que no me gustaban, y que no me hacían (ni yo ya las hacía) bien. Por primera vez cuestioné mi profesión y las razones que me habían llevado a este oficio, indagué y me sinceré conmigo misma hasta que acepté que toda mi trayectoria laboral habían sido cosas que se “habían ido dando”. Wow, me había convertido en esa persona que a los 21 quería inspirar. Y ahora a mis 28, estaba desanimada, desmotivada y realmente desconfiando de mi talento y creatividad.

No fue gracias a múltiples artistas, posteos de instagram, ilustraciones, artesanos, y una constante auto-conversación que llevó a que mi sensibilidad se fuera despertando. A veces veía posts que me hacían recordar las cosas que quería hacer, o que hasta ya había intentado y abandonado, veía ilustraciones hermosas y me sentía tan lejos y desconectada que me parecían imposibles de alcanzar. Quería seguir usando como herramienta mis conocimientos técnicos y traté de armar un-poco-así-nomás fuentes de ingreso pasivas y algún que otro cliente que me terminaba volviendo a recordar que el camino era por otro lugar.

Durante este tiempo había ido aceptando ciertos aspectos de mi sensibilidad que hoy por hoy estaban “de moda”, la abundancia de plantas en la casa, la comida orgánica y los huertines, la cerámica, y otras actividades manuales que también empecé a probar. Lo que me terminó de devolver el alma al cuerpo fue durante las vacaciones tener la posibilidad de viajar, y conocer Copenhague. Por primera vez estuve en una comunidad donde el amor por la naturaleza, el medio ambiente e inclusive el prójimo no eran un chiste o una señal de debilidad; donde todos los trabajos eran dignos, porque cada persona hasta la que recogía hojas del parque estaba orgullosa de hacerlo, ya que representaba un elemento importante de la sociedad y todos lo veían de igual forma. Los artistas y los artesanos eran tomados en serio, había un lugar para el buen diseño, y la sustentabilidad. Copenhague me hizo sentir que finalmente había un lugar para mi, y que no importaba que yo no viviera allí o que estuviera lejos. Yo sabía que era real. Mas aún, sabía que había personas dispuestas a vivir de esa forma, a propósito.

Ese viaje me terminó de dar las fuerzas necesarias para terminar de negar mi esencia, y quien soy. Para aceptar que este manojo de emociones es válido, que preocuparse por el lugar que habitamos, el lugar que tenemos en la sociedad, y como nos relacionamos con las personas y los seres vivos no es un absurdo, principalmente que hay cientos de miles de personas que se sienten así también, que aceptan su esencia y se dejan atravesar por ella. Que utilizan la sensibilidad como motor, como herramienta; no solo tomando la intuición como un ‘pro’ sino la sensibilidad total como cualidad completa, una forma de estar más conectados a lo que pasa y nos rodea.

Entonces me permití ser quien era. Me permití no querer un puesto alto en una multinacional. Querer una vida más simple, con amigos menos superficiales, con relaciones menos oportunistas. Una vida más conectada a las cosas que valen la pena, a hacer un trabajo que no sea efímero dependiente de las decisiones de hombres en reuniones de negocios, sino un trabajo fiel a mi esencia. Me permití no tener el sueldo mucho más alto que el normal a cambio de mi salud mental, no irme de vacaciones a Europa este año a cambio de no tener tres trabajos en simultáneo y fines de semana sin dormir, y me permití tener tiempo para descubrirme de nuevo, re-encontrarme, volver a experimentar estilos visuales, ideas, conceptos. Me permití volver a empezar, pero esta vez segura de quién soy, y cuales son mis valores, segura de qué es lo que quiero transmitir, y de qué tipo de profesional quiero ser. Qué tipo de persona.

Me permití cuestionar todo.

Unos meses después me di cuenta que también estaba en una ciudad que ya no me interesaba, que no me aportaba nada nuevo, y que tampoco tenía más que ofrecer. Que las cosas que buscaba y que quería para mi futuro no estaban alineadas a ella y que cerca había oportunidades que no podía dejar pasar. Entonces me fuí.

Ya van seis meses de cambios, internos y externos. Vivo en una nueva ciudad con nuevos valores, mas cerca de fuentes naturales y de afectos y no tan lejos de la crisis Argentina de siempre. Estoy creando como nunca, tanto estilos como objetos que amo y de los que estoy orgullosa. Cambié mi alimentación y todos los días me dejo maravillar un poco por lo fantástico de nuestra existencia, lo cual me motiva y me da ganas de mantenerme en este camino, a su vez como compartirlo.

Y hoy escribo esto, porque estoy segura que hay muches más como yo, que dudaron, se preocuparon y se sintieron un poco fuera del mapa. Que pensaron que había algo mal con elles o que simplemente trataron de ser silenciarse a si mismxs. Ser sensibles nos hace humanos, nos hace dejar de ser indiferentes, seres aturdidos en una cultura precarizada, robotizada, y que por muchas veces que pueda dolernos, afectarnos o preocuparnos, nos permite estar acá y ahora, sentir la vida real. Darle foco a las cosas que importan, las acciones que suman y salirnos de la vorágine en la que está metida nuestra sociedad. 

Ser sensibles nos permite priorizar aquello que realmente tiene valor de lo que no tiene sentido absoluto perseguir, nos permite distinguir lo sano de lo perjudicial para nosotros mismos.

Al final de cuentas, ser sensibles es lo mejor que podemos ser. Es nuestro superpoder.

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